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Y las monjas renovaron La Ceja

by en enero 29, 2015
Foto Jorge Castro
POR: JORGE EDUARDO CASTRO CORVALAN 

A lado y lado de la servidumbre por la que estabamos caminando con Miguel había un angeo negro cubriendo cultivos de hortensias, era toda una loma larga de hortensias en sus fases preparadas para los tiempos de cortes. Hortensias blancas y hortensias azules para una semana, en quince dias, un mes, dos meses. Y al final de la servidumbre estaba el lote, un encanto territorial desde donde se veìa La Cejaen medio del valle de altiplano,  y ahí, desde ese lote, se veía casi llegando al final de la via que conecta a Medellin con la Ceja, El Carmelo, la respuesta inmobiliaria a la oración de las Hermanas Carmelitas Descalzas.

La Ceja es conocido también como “El Vaticano Chiquito” una referencia al número de seminarios y monasterios que reflejan como se consolidó una profunda vocación de educación religiosa. De hecho en ese proceso de especialización como centro de educación sobre lo superior fue que el 12 de marzo de 1912 a las tres de la tarde llegaron las cinco primeras novicias que materializaron la visión con la que la Madre Magdalena del Corazón de María, del Monasterio de la Mansión, había iniciado la construcción el convento en La Ceja,   una labor que le llevo a ella y a las señoritas Ana Raquel Isaza y  Maria Rosa Restrepo doce años entre “cierres” financieros, “cierres” de tejado y apertura de labores.

Sin embargo los cien años de permanente desarrollo y acompañamiento a las vocaciones de las carmelitas no estaban exentos del paso del tiempo que fue deteriorando con lluvias, vientos y maravillosos días soleados la estructura de techos, vigas y algunos muros. A eso se le agregó el cambio de preferencias en el cultivo de las labores espirituales en las nuevas generaciones y las dificultades en la transmisión de tradiciones por parte de las mas antiguas. Escapularios y hostias empezaron a ser insuficientes para financiar las complejas labores de reforzamiento y repotenciación del monumento.

Con la convicción fortalecida por los ejercicios de mérito cotidiano aprendidos a través de varios siglos, las monjas afrontaron primero con abnegación y luego con inspiración el problema de la gestión del deterioro. Acciones correctivas con mayor y menor nivel de técnica, con mayor y menor nivel de gratuita solidaridad por parte de cercanos y conmovidos, hasta que emergió fruto de múltiples decisiones puestas en manos de la ayuda divina la posibilidad de hacer una renovación urbana de alto impacto y valores a partir del lote. Un salto del convento misional al conjunto residencial.

El proceso por supuesto era complejo, no ya solamente por la complejidad inherente a toda construcción, sino por los múltiples eslabonamientos y estándares que debería cumplir. El primero es que debería facilitar el desarrollo de un nuevo convento pero también debería el edificio sustituto mantener una capacidad de convocatoria alrededor de los valores de la iglesia católica. El convento había sido un lugar emblemático de la espiritualidad en la región y el conjunto residencial debería mantener en cierto nivel esa misma actitud de temor hacia Dios y los misterios religiosos.

Además y no es un tema menor, el conjunto residencial reflejaría también una transformación profunda  dentro de una región cada vez más conectada con el planeta. Al lado de la Ceja, a poco más de veinte minutos alzan vuelos internacionales todos los días los empresarios que desde Antioquia profesan su confianza por un mejor mañana. El Aeropuerto Internacional de Rionegro sirve de faro inmobiliario para todo el Oriente Antioqueño apoyando el aterrizaje y despegue de inversionistas, vecinos y turistas. La aerotropolización del casco urbano era inevitable, más incluso que el deterioro de los techos de teja por la lluvia.

La renovación urbana a partir del convento era en muchas formas una “respuesta caída del cielo” para las monjas a través de los constructores. Y al mismo tiempo una respuesta a las peticiones de los inversionistas-compradores de apartamentos y locales. La presencia de la capilla Jesus, Marìa y José permitiría que personas mayores y no tan mayores tuvieran un escenario cercano para nutrir su fe en alegrías y desafíos, un recordatorio  de esperanza y humildad a partir de la sagrada familia.

Cuando las monjas carmelitas oraron por una solución a sus dificultades en el manejo del convento abrieron bendiciones para quienes materializaron la respuesta a través del edificio de apartamentos y locales. Las monjas en sus oraciones no solamente encontraron un mejor lugar para ellas también facilitaron ese lugar en el mundo que con sus decisiones le habían permitido encontrar a otras personas, familias que en diferentes etapas de su vida fueron cobijadas por ese milagro urbano llamado El Carmelo.

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